Hace algunos años, una experta en comportamiento del consumidor de cremas cosméticas me explicó que existían dos grandes tipos de mujeres para dividir los grupos de tratamientos: las fighters y las naturals. Las primeras son mujeres perfeccionistas, altamente exigentes consigo mismas, suelen no darse respiros, tienen sus casas decoradas con muebles modernos, preferentemente minimalistas. En sus espacios todo está en su lugar, la agenda se cumple a cabalidad y las cremas de belleza que usan necesitan tener promesas potentes de antienvejecimiento, fórmulas con altas concentraciones de activos y que funcionen ok (que reduzcan de todo, por supuesto). Las naturals en cambio, viven en ambientes más amables, rodeadas de plantas, de maderas cálidas, de tonos neutros (incluso pasteles). Son relajadas, dejan que la vida surja con mayor espontaneidad, se enojan menos y se conforman con una crema cosmética que las hidrate, les haga sentir la piel cómoda y les brinde las vitaminas y minerales que la piel requiere para sentirse saludable.


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